Nadie sabe cuánto tiempo pasará antes de que sea sacrificada la última ballena, antes de que sea capturada y muera en las redes de pesca o bien de que sea engullida por algún paladar de exquisiteces en un restaurante de sushi en Japón, tampoco nadie sabe cuánto tiempo ha de pasar antes de que el último delfín acabe en un delfinario donde sea maltratado o bien muera debido a la contaminación de los mares.
Cierto es que la mayoría de las naciones ya acordaron en 1982 la prohibición de la captura de ballenas mediante un tratado internacional, pero Greenpeace solamente tres años después pudo demostrar que Noruega, Japón y la URSS, despreciando este tratado, continuaban capturando indiscriminadamente ballenas.
Por desgracia, hasta nuestros días esta situación no ha cambiado. En las islas Feroes, que pertenecen a Dinamarca, sigue capturándose hoy en día gran cantidad de ballenas año tras año. También Islandia sigue capturando ballenas, amparándose en un supuesto estudio para el desarrollo científico, que no es más que una burda tapadera. 14000 ballenas han sido sacrificadas con este supuesto fin científico. También Japón ha capturado 6700 ballenas en estos últimos seis años y además ha endurecido su cerco a los delfines.
¿Y nuestros vecinos europeos? Es cierto que excluyendo a Noruega, Islandia y Dinamarca, ya no cazan más ballenas, pero no es menos cierto que siguen equipando sus flotas con impresionantes redes de arrastre, en las cuales los cetáceos mueren aprisionados de asfixia. 600 barcos italianos se dirigen año tras año al mediterráneo para capturar pez espada, pero tristemente solo un 18% de su captura es pez espada, el 82% restante entre los que se encuentran todos los años alrededor de 8000 delfines listados son supuesta captura colateral. Animales muertos o heridos gravemente son devueltos al mar.
La captura de animales vivos para su posterior cautiverio y exposición con fines puramente lucrativos podía ser aceptada o disculpada hace un siglo. Hoy sin embargo no es más que hacer sufrir a los animales. Esto es más duro para las ballenas y delfines, animales que viven en libertad en un área tan extensa como los océanos.
Por muy bien que traten los delfinarios de cuidar a sus "estrellas", éstas a final mueren de una muerte lenta y dolorosa en sus piscinas adaptadas.
El Club de Mar Valle Gran Rey ofrece la posibilidad de visitar y ver las ballenas y delfines allá donde viven por voluntad propia y donde se encuentra su verdadero hogar, es decir, en "alta mar", en el océano abierto.
Si es justo en ese lugar donde hacen sus mejores piruetas, no es por obtener un premio pescando algo, o porque sino se morirían de puro aburrimiento, sino por auténticas ganas de vivir y alegría innata.
Puede ser que debido a la comercialización de las empresas que se dedican a las visitas a los cetáceos y delfines en alta mar y que se preocupan más de los turistas que son los que realmente les reportan beneficios que de los animales se produzcan daños.
El Club de mar Valle Gran Rey se preocupa de no molestar en ningún caso a los animales durante sus visitas. Además en sus visitas, que muy a menudo están acompañadas por científicos, está limitada la cifra de participantes.